
domingo, 24 de enero de 2010
No Kicking Penguins

domingo, 17 de enero de 2010
El puerto

El contenedor se balanceaba mientras la grúa lo transportaba hacia el barco. Como si estuviera flotando en el aire, el spreader, el mecanismo que engancha el contenedor a la grúa, no lograba controlar el movimiento. Las puertas mal cerradas se abrieron de golpe y empezaron a llover decenas de cuerpos. Parecían maniquíes. Pero en el suelo las cabezas se partían como si fueran cráneos de verdad. Y eran cráneos. Del contenedor salían hombres y mujeres. También algunos niños. Muertos. Congelados, muy juntos, uno sobre otro. En fila, apretujados como sardinas en lata. Eran los chinos que no mueren nunca. Los eternos que se pasan los documentos uno a otro. Ahí es donde habían acabado. Los cuerpos que las imaginaciones más calenturientas suponían cocinados en los restaurantes, enterrados en los huertos de los alrededores de las fábricas, arrojados por la boca del Vesubio. Estaban allí. Caían del contenedor a decenas, con el nombre escrito en una tarjeta atada a un cordón colgado del cuello. Todos habían ahorrado para que los enterraran en su ciudad natal, en China. Dejaban que les retuviesen un porcentaje del sueldo, y a cambio, tenían garantizado un viaje de regreso una vez muertos. Un espacio en un contenedor y un agujero en un pedazo de tierra china. Cuando el hombre que manejaba la grúa del puerto me lo contó, se tapó la cara con las manos y siguió mirándome a través del espacio que había dejado entre sus dedos. Como si aquella máscara de manos le infundiera valor para hablar. Había visto caer cuerpos y n siquiera había tenido que dar la voz de alarma, que avisar a nadie. Simplemente había depositado el contenedor en el suelo, y decenas de personas surgidas de la nada los habían metido todos dentro y habían retirado los restos con un aspirador. Así era como funcionaban las cosas. Todavía no acababa de creérselo, esperaba que fuese una alucinación debido al exceso de horas extraordinarias. Juntó los dedos para taparse la cara por completo y prosiguió su relato gimoteando, pero ya no entendí lo que decía.
domingo, 3 de enero de 2010

En la vida encontrarás a muchos imbéciles. Si te hieren, piensa que es su estupidez la que les empuja a hacerte daño. Así evitarás responder a su maldad. Porque no hay nada peor en el mundo que el rencor y la venganza... Mantén siempre tu dignidad, tu integridad y la fidelidad a tí misma.
La abuela a Marjane, en el cómic Persépolis de Marjane Satrapi.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Borrachito del Sur

Receta tomada de cocina para impostores, blog de Falsarius Chef, que como él dice: "Para comer bien no hace falta mucho tiempo, ni productos caros, ni saber cocinar. Ni siquiera nitrógeno líquido, aunque pueda parecer mentira. Y no sólo se puede comer bien sino que, además, se puede quedar como un príncipe ante las visitas, recurriendo a algo tan sencillo como la impostura. Engañar, eso es lo que aquí pretendemos. Engañar a la vista, al olfato, al gusto y hasta al bolsillo. Pura farsa, aunque esta vez por la noble causa de la gastronomía y el cuidado de nuestro ego".
sábado, 5 de diciembre de 2009
Ataque de Pánico
"Ataque de pánico", cortometraje realizado en Uruguay por seis personas durante seis meses, dirigido por Fede Álverez Mirate, con un presupuesto de tan solo 300 dólares.
lunes, 16 de noviembre de 2009
A Amelie le gusta...
Amélie (título original: Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, "El fabuloso destino de Amélie Poulain") de 2001, co-escrita junto a Guillaume Laurant por su director, Jean-Pierre Jeunet, la película tiene como protagonistas a Audrey Tautou (Amélie Poulain) y a Mathieu Kassovitz (Nino Quincampoix)
viernes, 30 de octubre de 2009
La abuela del semáforo

La encrucijada de la Avenida de Andalucía y la Ronda del Tamarguillo en Sevilla es un enjambre de semáforos enfrentados, una selva de tráfico ruidoso y sirenas por donde aborda la ciudad todo aquel que viene de Andalucía oriental. En ese imbricado cruce de calles, avenidas y vías de servicio, cada semáforo lleva adherido, como si de un apéndice se tratara, un inmigrante de color que vende pañuelos a los conductores.
Sin embargo, en el que te recibe cuando llegas a la ciudad, te asalta la sorpresa de una anciana amable y sonriente, de raza blanca, pelo cano y mirada intensa, que transita la mediana enfundada en una vestimenta fluorescente y con el brazo levantado sosteniendo un paquete de pañuelos de papel. Es como si te invadiera de repente la visión de tu propia abuela, que ha abandonado la butaca de la terraza de su casa y se ha lanzado a la calle a buscarse unas perras. Se llama Avelina, una inmigrante georgiana de 69 años a quien todo el mundo conoce ya como “la abuela del semáforo”.
Avelina no es una vendedora de pañuelos al uso. No se acerca a la ventanilla de los vehículos nada más se detiene el tráfico para ofrecer su mercadería, permanece horas mostrándose mientras camina la mediana y sólo se aproxima a los coches cuando es requerida por su conductor.
Tiene dos hijas y dos nietos de cada una de ellas. Una vive todavía en Georgia como profesora de piano y la otra está aquí. Por ésta, y gracias a la Cruz Roja, vino a España hace ya la friolera de once años. Su yerno, Alex, “un luchador por la libertad que tuvo que exiliarse” a consecuencia de la guerra civil que asoló al país hasta 1995, tenía tres carreras y hablaba cinco idiomas. Fue campeón europeo de lucha libre y trabajaba en Sevilla como monitor en un gimnasio y sin papeles todavía cuando la muerte le sorprendió en un accidente de tráfico. Dejaba mujer y dos hijos, uno de ellos con retraso mental y la esposa padeciendo fibromialgia.
Avelína vivía entonces en Tbilisi,capital de Georgia, donde trabajaba como enfermera, la misma tierra que parió a personalidades como Iósif Dzhugashvili, más conocido por su apodo de Stalin y Eduard Shevardnadze. Había enviudado sólo un año antes. Su marido fue futbolista en los años sesenta, “un extremo derecho”, y una grave lesión lo apartó para siempre de los terrenos de juego. Al tener noticia de la tragedia tomó una decisión y se la comunicó a su otra hija: partía hacia España para ayudar a su hermana y sus hijos. La colaboración de la Cruz Roja resultó vital para lograr su objetivo.
La familia vive la calle Golondrina, en el barrio de Los Pajaritos, lugar escogido como residencia por infinidad de inmigrantes porque sus viviendas resultan de las más asequibles de la ciudad. El barrio de origen obrero se ha convertido con el paso del tiempo en un crisol de razas y de lenguas donde Avelina se desenvuelve a la perfección. “Mis vecinos son muy buenos y gente muy amable”, dice esbozando una cálida sonrisa. Aunque ella es ortodoxa y muy religiosa, los domingos suele acudir a misa a la parroquia católica del barrio, la de la Blanca Paloma. Antes también solía visitar una iglesia ortodoxa ubicada en la Ronda Histórica de Sevilla, pero desde hace tiempo “está cerrada y no sabe qué ha ocurrido con el cura”. “Dios me ayuda mucho”, murmura con voz devota.
Vende pañuelos porque “es el único trabajo que puedo hacer para ayudar a mi familia”. Cuando decidió trabajar, “un negro” le sugirió que vendiera pañuelos donde él lo hacía. Desde entonces acude al semáforo entre dos y tres horas cada día, porque “el resto es para dedicárselo a mis nietos”, y todos le respetan su sitio. “Tengo muchos amigos en el semáforo” afirma con los ojos humedecidos.
Avelina ama la vida por encima de todas las cosas y es una enamorada de Sevilla. Su rostro, siempre salpicado por la huella de una sonrisa y por unos ojos vivarachos, muestra las huellas de una existencia intensa y plagada de dificultades que ha ido superando a base de constancia. Sin embargo, las arrugas que surcan su tez no logran afearla ni desprenderla de las pinceladas de placidez que a ella se asoman cuando cuenta su relación con los nativos. “Lo único que no me gusta de Sevilla es que está muy sucia por el descuido de la gente”, dice.
Esta singular anciana va ataviada con vestimenta humilde bajo el chaleco fluorescente, calza babuchas de paño y luce una simple alianza, recuerdo de su matrimonio, y unos sencillos pendientes de los que cuelgan dos diminutas perlas. No se olvida nunca de los suyos, de quienes quedaron en la lejana Georgia. Cada vez que puede envía algo de sus ahorrillos para ayudarlos. Desde que está aquí sólo ha regresado una vez a su tierra, donde no le ponen nunca problemas para entrar o salir, y espera volver a hacerlo pronto, porque “tengo ganas de ver a mis otros nietos”.
Se encuentra completamente integrada, porque “vivo aquí y me siento española” y además “la gente es muy parecida a la de Georgia, en los rasgos, en el carácter, en la alegría. Somos muy parecidos”. Se sorprende muchísimo de que otros extranjeros que conoce no sientan algo similar, porque reconoce con sencillez que “lo que tengo aquí no lo tendría en mi país”.
Antes de marcharse, Avelina se coloca las gafas que penden de su cuello por un cordoncillo de lana y consulta la hora en su viejo reloj de esfera blanca asido a su muñeca por una gastada correa de goma elástica. “Me tengo que ir a recoger a los nietos al colegio”, nos dice. Y desaparece por las bocacalles del barrio de Los Pajaritos que desembocan al vetusto acueducto romano, bajo cuyas sombras hemos realizado la entrevista.
Al otro lado de la arquería romana la espera su lucha diaria para sacar adelante a la familia en un país prestado, antes de que a la mañana siguiente regrese al semáforo, cargada con sus paquetes de pañuelos y la colosal experiencia de un periplo vital que se inició en un lejano país del Cáucaso y tiene todos los visos de concluir en otro cálido del sur completamente diferente.
Reportaje realizado al alimón por Gregorio Verdugo y Jesús Rodríguez González, publicado en soitu.es (aquí).